Los veranos más calurosos en Buenos Aires

Temperaturas máximas en la Ciudad de Buenos Aires

Verano Porteño

  

Por José Luis Scarsi

 Si al impiadoso aumento de la temperatura de comienzos de año, le agregamos la humedad propia de Buenos Aires y lo potenciamos con el cada vez más desmedido crecimiento de las construcciones urbanas, los trastornos del tránsito, los variados tipos de contaminación o los repentinos cortes de fluido eléctrico, obtendremos una sensación similar a la térmica pero más relacionada con nuestro irritable humor estival. Así, podemos coincidir en la dificultad que estos días presentan para conservar la compostura y enfrentar de la mejor manera la vida en una ciudad convertida en horno a lo largo del siglo XX.   

                                                                 

Buenos Aires cuenta en la actualidad con dos estaciones meteorológicas: la de Aeroparque y el Observatorio Central, ubicado en el barrio de Villa Ortúzar, que comenzó a funcionar en el año 1906. Los primeros registros y datos estadísticos fueron los realizados por Manuel Eguía entre 1856 y 1875. También por esos años se estudió el clima y se tomó nota de sus valores en el Colegio Nacional. Cuatro estaciones diferentes funcionaron en distintas épocas en la zona portuaria y hasta llegó a haber una instalada en el Jardín Botánico que brindó servicio desde 1937 hasta 1956. El Servicio Meteorológico Nacional ha registrado solo cinco fechas en las que la columna de mercurio fue igual o superior a los 40º centígrados en Buenos Aires. Podemos presumir que con anterioridad al siglo XX, por las características de la ciudad, las temperaturas también deben haberse mantenido alejadas de dicha marca. Los primeros minutos y días subsiguientes del año 1900 llegaron precedidos por una agobiante ola de calor. Sin intención de entrar en estériles debates y comprendiendo que ésta fecha no se inscribe en el siglo que pronto vamos a analizar, sí vale la pena hacer notar que por ser un momento de importante contenido simbólico se realizaron grandes reuniones sociales en aquellos días. Gracias a ésto, se tomaron gran cantidad de fotografías y en todas las que podamos ver y al margen de las altísimas temperaturas, siempre encontraremos a los hombres ataviados con sus trajes, chalecos, moños y corbatas y a las damas con voluminosas polleras, cuello cerrado, tocados o sombreros diversos. Desde el fotográfico instante capturado por las cámaras, nos siguen hablando, aquellos seres, del estoicismo y la entereza con que debían comportarse ante tales circunstancias. Los veranos en la ciudad no iban a cambiar mucho y aún tenían reservadas varias sorpresas. En plena canícula, como gustaban decir los porteños de aquellos años, el río generoso en sus costas convocaba para recibir el alivio de sus aguas. Lo usual sería suponer que para un momento de esparcimiento y placer se dispondría de un vestuario adecuado, que los había. Pero no todos entendían el placer de la misma manera y a la caída del sol cuando regresaban a sus casas quienes habían concurrido solo a refrescarse, la costa se poblaba de quienes, a falta de no tener un mejor lugar, llegaban al río a bañarse pero a título higiénico, con jabón y cepillo… y obviamente, lo hacían despojados de toda prenda. El espectáculo que daban era en verdad molesto y no es de gran valor detenernos a describirlo ni hacer un racconto de las actuaciones policiales o los momentos más bochornosos que se sucedían entrada la noche. Es preferible, por lo atildado, hablar de aquellos que disponían de los modales y el tiempo ocioso para ofrecer a las costas del Plata la impronta de su buen gusto y estilo. Hoy podemos asombrarnos que la moda dictara una indumentaria compuesta por trajes para baño de sarga de pura lana pues el problema no radicaría en su función más específica sino en el momento anterior al baño soportando dicha vestimenta o después de abandonar el agua… tiritando por horas hasta que secara. Podemos entender que lo que la publicidad calificaba como: zapatillas para baño, de lona blanca, con suela de cáñamo; no eran más que unas comunes alpargatas pero la duda nos alcanza cuando para las botas de baño hace la misma descripción informando que la suela es de cuerda. A los trajes rigurosamente azules con trencillas blancas, se los combinaba con gorras impermeables de colores lisos o las más atrevidas amarillas con lunares.  Empiezan los calores En enero de 1923, por primera vez, los porteños experimentan el record histórico de los 40º. En busca de reparo y esparcimiento, los habitantes de la ciudad se vuelcan masivamente al Balneario Municipal. En un espectáculo que pocas veces volvería a repetirse, todos los sectores de la sociedad son golpeados por el calor de la misma manera y cada cual, a su modo, se da cita en modernos automóviles, aristocráticos carruajes o populares tranvías.1   Ese 24 de enero, la Avenida Alvear se vio intensamente transitada. Ya entrada la tarde y cerca de las 18 horas los bosques de Palermo recibieron la mayor concentración de tránsito y paseantes. Los diarios de la época señalan a las plazas, las centrales o alejadas, como otro lugar en el que calmar el sofocón previsible en las casas. Las cervezas y refrescos fueron un alivio temporal pero necesario y en varios lugares sucedió que se acabó el hielo. El hielo, dicho sea de paso, no era un producto de carácter masivo. Para conservarlo en la casa debía disponerse de un mueble a tal efecto que no era otra cosa que una caja aislada y revestida en madera en la que se colocaba un cuarto o media barra de hilo con el fin de conservar algún alimento. Esta antigua heladera, funcionaba con la regularidad diaria que el hielo tarda en derretirse, motivo por el cual había que reemplazarlo por un trozo nuevo, hecho que tornaba poco práctico el sistema. Muchas veces en verano y pese al hielo, la temperatura interior aumentaba en exceso y los alimentos terminaban irremediablemente atacados por las bacterias. Por tal razón la compra de carnes u otros productos perecederos debía realizarse día a día según las necesidades de consumo. Buenos Aires tuvo provisión permanente de hielo desde 1856. El depósito estaba frente a Plaza de Mayo en los sótanos del antiguo Teatro Colón y era abastecido por barcos acondicionados que traían los bloques desde Europa y Estados Unidos. La primer fabrica de hielo nacional fue instalada en 1860 por Emilio Bieckert con el propósito de sostener su producción de cerveza. De la misma época data la venta de helados en algunos cafés de la ciudad causando verdadera sensación. El primero en ofrecer la dulce novedad fue el portugués Miguel Ferreira, dueño del Café del Plata situado en Rivadavia entre Tacuarí y Bernardo de Irigoyen.2  Años más tarde se importaron pequeñas máquinas que, ayudadas por el hielo que enfriaba la mezcla de leche, huevos, azúcar y aromatizantes y tras largas horas de girar una manivela, permitían obtener deliciosos helados caseros. Claro, había que tomarlos al momento pues no había manera para mantener su cremosidad y textura.  En 1943, el uso de la energía eléctrica estaba mas difundido pero los altos costos de las nuevas heladeras hacían impracticable su uso para la mayoría de la población. Los pocos ventiladores o aires acondicionados llegarían a tener carácter popular solo una o dos generaciones en el futuro, por lo que en términos reales, combatir el calor, era más bien escapar de él sumergido en las aguas o guarnecido bajo un árbol. La mayoría de los porteños, que para esta fecha aún no contaban con la posibilidad de salir de vacaciones, recibió resignada los 40,3 º que marcó el termómetro el 18 de enero de 1943. Sin embargo la foto más recordada de días calurosos es la del ’45, con las patas en al fuente de la Plaza de mayo. Sea como sea, pese al calor y a la populosa manifestación, nadie se quitó el saco para el chapuzón. Dejando de lado la cronología y guiándonos por el índice ascendente en la tabla de temperaturas, el 31 de enero de 1935 acontece la tercera de las marcas con mayor intensidad en la Capital Federal. Si bien la Dirección de Meteorología indicaba un registro de 40,5º, el diario La Nación señalaba una máxima de 41,2º. Esta diferencia es explicable pues la estación oficial estaba en el barrio de Villa Ortúzar mientras que el observatorio de La Nación se encontraba en la calle San Martín, corazón del centro porteño, rodeado por edificaciones que el sol iba paulatinamente caldeando. El día comenzó con una mínima de 23,9 grados y siguió elevándose sin parar su carrera hasta las 16:30 horas. Un factor favorable que evitó la multiplicación de víctimas fue la poca humedad que se encontraba en el orden de un 30 % a la hora señalada.El consumo de agua fue histórico para esos años llegando al record de 1.083.000 metros cúbicos. Los salones del Plaza Hotel contaban con un sistema de aire acondicionado que permitía disfrutar durante todo el año de una temperatura estable de 25º con humedad del 60 %. El aire, desde antes de llegar a los equipos era cuidadosamente filtrado y de hacer falta humedecido con el uso de 500 pulverizadores que aseguraban disfrutar de una placentera reunión sin importar el clima del exterior.3  Mucho más cercana en el tiempo y para que todos podamos recordarla, la segunda marca térmica de los días más calurosos del siglo XX llegó cuando Velez Sarfield aún festejaba la obtención de otro campeonato y Caballo prometía pulverizar el desempleo, aconteció el 18 de diciembre de 1995. Además batió los dos records del siglo para el mes de diciembre: con la mínima más alta de 25.6º a las 6:20 de la mañana y los 40.5º de las 16:15.  Pese a todo, la provisión de agua fue normal y solo se registraron cortes parciales de luz en Parque Centenario y Villa Crespo. El Instituto del Quemado recibió a unas 20 personas por sobre exposición al sol y el índice de ausentismo se elevó al 15% particularmente entre los hipertensos y enfermos del corazón. Contrariamente a lo que se podría suponer: las heladerías no aumentaron sus ventas en el mostrador pues ya se había instalado la costumbre de los envíos a domicilio. Los comerciantes consultados destacaban que se vende mucho más en días templados pero con temperaturas semejantes, la gente se queda en sus casas. Los porteños que estaban por la calle y querían llegar pronto a casa o al refugio de la oficina, hicieron notar su búsqueda de alivio al consumir el doble de gaseosas y agua mineral. Por aquellos días transitaban algunas unidades de colectivos llamadas “Diferenciales” de tarifa un poco más alta pero con menos paradas en el recorrido y con aire acondicionado, todos se llenaban en las cabeceras y  llevaban la letra “C” de completo por lo que fueron pocos los usuarios que pudieron disfrutar del viaje. Los consejos prácticos para enfrentar el calor eran beber dos litros de agua, consumir caldos y líquidos salados, evitar el alcohol, no comer demasiado, usar ropas holgadas y claras, no interrumpir la cadena de frío en los alimentos y consumir frutas ricas en potasio como la banana y el pomelo. Indicar la sensación térmica si había puesto de moda, si bien la “sensación” parece designar un fenómeno de la percepción, es en verdad un hecho físico perfectamente objetivo dado por la transferencia de calor entre nuestro cuerpo y la atmósfera. La evaporación de sudor en la piel absorbe una gran cantidad de calor corporal, de manera que actúa como un sistema básico de refrigeración orgánico. Pero resulta ser que, en los días en que es muy elevada la humedad atmosférica, el sudor no se evapora y el cuerpo acumula calor en exceso haciendo parecer que aire tiene mayor temperatura de la que en verdad indica el termómetro. El 18 de diciembre del ’95 la sensación térmica llegó a los 44º con un índice de humedad, en promedio, de 25%. Si la humedad hubiera sido de 60%, cosa común en la ciudad: ¡La sensación térmica habría trepado a los 55º! 

Unos días antes, los pronosticadores del Servicio Meteorológico Nacional habían informado sobre la llegada de un verano con muy altas temperaturas. Curiosamente, para el día que nos ocupa habían previsto solo una máxima de 31º. Esto llevó a que La Nación comentara en su nota de tapa que los pronosticadores del SMN habían sido sorprendidos por la marca, mientras que Clarín extrapolaba la advertencia hecha para el verano titulando que el intenso calor ya había sido anunciado.

 Según un diario de la época, fueron sorprendidos por las altas temperaturas ya que habían previsto una máxima de 31º.4   

Nunca antes vivido

 La población de Buenos Aires soportó ayer un día agobiante con una temperatura máxima de 43,3 grados, baja presión y alto índice de humedad ambiente, circunstancias que contribuyeron para dar al episodio carices dramáticos. Los distintos servicios asistenciales debieron prestar ayuda a 95 personas que sufrieron los efectos del calor, 15 de las cuales se encontraban anoche graves y once fallecieron en esta capital.5  Con éste copete Clarín comenzaba a desplegar la información del que fue por mucho, el día más caluroso de los recordados en la historia de la ciudad: 29 de enero de 1957. Desde muy temprano la jornada fue un infierno. Ya a las 9 de la mañana la temperatura era de 33.6º y  en un par de horas sobrepasaría los 38. A las 15 alcanzaba los 41.7º y tan solo en 40 minutos trepó hasta los 43.3º. A esta altura ya no quedaban formas para experimentar nuevos métodos con los que combatir el calor. Los aún atildados y formales ciudadanos que usaban sombrero, se permitieron llevar el saco en las manos y salir a la calle con la corbata floja. La Policía Federal, en una oportuna medida, permitió a su personal cumplir el servicio en mangas de camisa.6  El consumo de agua corriente ofrecida por la empresa Obras Sanitarias fue de 1.771.912 metros cúbicos. En el Gran Buenos Aires se registraron numerosos cortes de luz que imposibilitaron el uso de los motores para extracción del agua de pozo con la que se abastecía la población. Además, en lugares como Ezeiza se anotó una máxima de 45º. Mientras tanto, en la confitería Del Molino, de Callao y Rivadavia, que contaba con tres subsuelos en los que se disponían los depósitos, su gran bodega, un taller y hasta la propia fábrica de hielo, se consumieron 2.800 botellas de distintas clases de bebidas gaseosas. En La Helvética, convertida en ciudadano oasis, los concurrentes se refrescaron con 500 litros de cerveza y 1.900 botellas de bebidas sin alcohol. Pedro Morini, uno de los copropietarios del aludido bar, seguía comentando otras de las consecuencias desusadas que trajo la alta temperatura “ solo vendimos en todo el día, y eso fue en horas de la mañana, dos pocillos de café, y el pedido de empanadas – tradicionales en esta casa, que normalmente llega a ochocientas diarias – ha sido de un escaso centenar.”  La heladería Roma de venta mayorista vendió 350 kilos contra los 150 habituales, mientras que en una conocida heladería del Once la venta se quintuplicó.7  A las cinco de la tarde unas pocas gotas cayeron en algunos sectores de la Capital pero las horas se sucedieron sin clemencia y aún cuando bajó el sol, la marca térmica siguió siendo sofocante. Para las 8 de la noche la columna mercurial marcaba 34º y el viento que comenzó a soplar del sud este mejoró la situación de manera tal que a  las 9 de la mañana del día siguiente solo hacía 20.4º y la máxima de todo el día no superó los 25.2º, por lo que, la diferencia térmica entre el día más caluroso y el siguiente fue de 18.1º. Contra el frío muchas cosas podían hacerse: desde abrigarse más hasta trabajar con renovado ahínco. Calefaccionar las casas o salir al teatro. Tomar una sopa o el apetecible puchero. Pero para luchar contra el calor no quedaba otra salida que la resignación. Al calor no se lo combate, se lo padece, o al menos así parecían pensar quienes ofrecían consejos y sugerencias para estos casos.  Para evitar el “Coup de chaleur” o la vulgarmente llamada “insolación” se recomendaba no exponerse de manera prolongada a los rayos solares. No excederse en la ingesta de bebidas frías para prevenir los trastornos naso faringeos y tomar bebidas no muy azucaradas para controlar los efectos fermentativos. Moderación en las bebidas alcohólicas, las conservas y los condimentos. Y en particular, cuidado con el uso del ventilador pues este aparato es el causante de más de una tortícolis o resfrío de verano. Dentro de las diez temperaturas más elevadas del siglo XX, el mes de enero del año ’57 ostenta tres de esas marcas máximas ya que los días 9 y 27 los porteños sufrieron, sin tregua, un registro de 39.5º.

Conclusiones 

Al igual que hace unos meses, en una nota referida a las Temperaturas Mínimas, conveníamos que producto de la contaminación y la perdida de espacios verdes por parte del desmedido índice de construcción, se ha generado el efecto conocido como “isla de calor” haciendo que cada vez aumente más la temperatura en la ciudad, lejos estamos de asimilar estos datos locales con los referidos al calentamiento global que involucra otro tipo de variables. La mayor temperatura que se ha registrado en la ciudad de Buenos Aires ha sido de 43.3º el 29 de enero de 1957. El record de calor para la Republica Argentina fue de 49.1º y aconteció en Villa María, Departamento de Río Seco, Córdoba, el 2 de enero de 1920. ¡Hace 87 años!  Lejos estamos, por suerte, de los 56.7º del Valle de la Muerte, California registrados el 10 de julio de 1913 o los 57.8º, record mundial hasta el presente, con que los líbios de Al’Aziziyah, desde el 13 de septiembre de 1922, llevan la delantera. Como vemos, estos hechos locales ocurridos ya hace mucho tiempo, obedecen a ciertas condiciones atmosféricas más que a la contaminación o el calentamiento global. Es cierto que se observa un progreso en el promedio de las temperaturas en las últimas décadas pero sobre lo que a nuestra ciudad y alrededores pueda pasarle en los próximos veranos siempre será una sorpresa… y en especial como solemos decir, si ella se hace presente; porque: “lo que mata es la humedad.”  Notas


1 La Nación, 25/1/1923, Pág. 5

2 Buenos Aires Cuatro Siglos, Ricardo Luis Molinari, Tipográfica Editora S.A. Pág. 330 
3 Revista de Arquitectura Nº 143, 11/1932, Pág 536 
4 La Nación, 19/12/1995, Pág. 1 
5 Clarín 30/1/1957, Pág. 7 
6 La Nación 30/1/1957, Pág. 1 

7 La Nación 30/1/1957, Pág. 3

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